LA PASIÓN DE CRISTO SEGÚN LA CANTA
EL PUEBLO ANDALUZ

Juan de la Plata

(Fragmento extraído del libro "La Saeta" de Juan de la Plata, editado por la Cátedra de Flamencología, a la cual expresamos nuestro agradecimiento por autorizarnos la reproducción)

Desde la tarde del Domingo de Ramos hasta el mismo Sábado Santo, ya con Cristo amortajado, camino del sepulcro, son miles las saetas que el pueblo andaluz canta a sus Dolorosas y a sus Crucificados. Cuando se a cerca el paso de misterio, el pueblo empieza a vivir ese ambiente especial que rodea al mismo. Es un ambiente de identificación, que nos acerca e incluso nos incluye en la escena que vemos representada frente a nosotros. Hay veces, momentos concretos, en que se dijera que formamos parte de esa escena, que somos uno más de los que van a prender o a crucificar al Nazareno de la triste mirada, que está allí parado, detenido en el espacio y en el tiempo, ante nosotros, que estamos allí también, impasibles; a solas frente a su terrible agonía. Y entonces nos sentimos más pequeños y miserables que nunca.

Amarrao a una columna
Le escupen y agofetean
Y lo coronas de espina,
Y la sangre le chorrea
Por su carita divina.

Y somos nosotros mismos los que estamos escupiendo, abofeteando y coronando de espinas a ese Dios indefenso, amarrado a la columna, tremenda columna amasada con la piedra de nuestras maldades, de nuestras blasfemias y de nuestros pecados. Y fue tan grande el martirio que...

Llegó a sudá sangre pura
De pasá tanto quebranto;
Y tomó er coló der lirio
Su cuerpo de marfi santo.

El pueblo cristiano andaluz, el pueblo sencillo y llano, podemos afirmar que siente y vive la Pasión, intensa y profundamente. De ahí esa creación sublime de su saeta, escrita y musicada con amorosa ingenuidad. La saeta, que vibra en el aire y es siempre antena receptora, que capta y recibe la angustia metafísica de nuestro pueblo; haciéndose alucinante transmisora del sentir colectivo, para narrar con indescriptible realismo los sufrimientos de Jesús.

Jesús mío Nazareno
Que vas sufriendo y penando,
Y ese maldito judía
De tu cuerpo va tirando.

La saeta está siempre con Cristo, acompaña siempre a Cristo, desde la misma noche de la última Cena, cuando es Cristo quien pregunta...

<<¿Cuál de vosotros, discípulos,
morirá por mía, mañana?>>
El uno al otro se mira
Y ninguno contestaba.

Y ya, desde que Jesús es traicionado, vendido y hecho preso, el pueblo se adentra con su copla voladora, negra y rápida como una golondrina, en el drama sacrosanto. Las escenas de la Pasión, que desfilan sobre luminosos pasos ante sus ojos, más que verlas las imagina cómo debieron ser en realidad. Así, cuando Judas guía a los que van a prender al Maestro, camino del Huerto de los Olivos, el hombre andaluz cantará de esta forma tan gráfica:

Cruda la noche y lloviznando,
Judas llevaba el farol
Y alumbraba el camino
Donde estaba el Redentor.

Y luego, entristecido, el saetero cantará con infinita dulzura:

Juntito a los olivos,
Esos judíos traicioneros
A mi Jesús de mi arma
Ya se llevan prisionero.

Desde ese mismo momento, la saeta no dejará a Jesús ni un solo instante. Le seguirá, como un discípulo más, paso a paso, y estará junto a él en cada momento trascendente, en cada encrucijada fatal que habrá de llevarle al Calvario. Y escuchará las tres negaciones de Simón Pedro, la primera en Casa de Anás...

Mientras que Anás preguntaba
A Jesús por su doctrina,
San Pedro a la lumbre estaba
Entre muchos que allí había;
Le conoció una criada
Y le dijo: <<Tú eres Pedro,
De la compaña de Cristo>>.
--Que yo me caiga aquí muerto,
Que a ese hombre nunca he visto.

La cobardía de Pedro queda perfectamente reflejada en esta larga y vieja saeta, saeta doble por su estructura, ya en desuso, que ha llegado hasta nosotros por su inmenso poder descriptivo. Segunda negación de Pedro...

En el patio del Califas
Estaba Pedro y dijo así:
<<yo no conozco a este Hombre,
ni discípulo suyo fui>>.

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Poco después, mientras el pontífice sigue interrogando a Jesús, a punto ya la hora del alba, para que se cumplieran las palabras del Maestro, Simón Pedro niega por tercera vez...

En el patio del Caifás
Cantó el gallo y dijo Pedro:
<<yo no conozco a este Hombre,
ni tampoco es mi Maestro>>.

Llevaron después a Jesús al pretorio, a declarar ante Poncio Pilatos, quien no le haya culpa, no queriendo condenarle; pero tampoco quiere enemistarse con el César Tiberio, soltando al que se hace llamar el Rey de los Judíos. Y por eso el pueblo canta:

Pilatos por no perdé
Er destino que tenía,
Firmó sentencia crué
Contra er Divino Mesía.
¡Lavó sus manos después!

La saeta no deja a Jesús y, atónita, cuenta cómo...

Ya lo llevan, ya lo traen,
Ya lo coronas de espina,
Y la sangre le chorrea
Por esa cara divina.

El pueblo sabe muy bien que no son flores las que colocan sobre la cabeza del Hijo del Hombre...

La corona del Señor
No es de rosas ni claveles,
Que es de espinas de zarza
Que le traspasan las sienes.

Y cuando Jesús carga con la cruz a cuesta, camino del Gólgota, el saetero eclamará...

Mirarlo por donde viene
El mejón de los nacío,
Con la crú sobre los hombros
Y el rostro escolorío.

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Son muchas las saetas piadosas que salen al paso de Cristo, como mujeres verónicas, que le buscan por callejas y esquinas de su tortuoso Vía-Crucis...

La Verónica bendita
La carita te secó,
Y se queó en la toalla
Pintá con sangre y sudó.

Y cuando cae Jesús, una y otra vez, el saetero cantará de esta o parecida manera...

¿Qué es aquello que reluce
en aquél monte florido?
Es Jesús de Nazaret
Que con la crú sa caío.

Las saetas vuelan hasta la misma cruz del Salvador, horrorizadas por el tremendo martirio. El pueblo comprende, entoda su infinita dimensión, la tragedia que contempla sus ojos. Jesús ha muerto en la cruz y el llanto se hace saeta, se hace cantar agonizante.

El sol se vistió de luto
Y la luna se eclisó,
Las pieras se quebrantaron
Cuando el Señor expiró.

Ya murió mi Padre amado,
Ya murió mi Redentor;
Ya murió en la cruz clavado,
Mi Dios, mi Padre y mi Amor.
La tierra sintió su muerte
Y los cielos se nublaron,
Las sepulturas se abrieron,
Los muertos resucitaron,

Y aún la saeta, vestida de negro luto, irá al entierro de Cristo, para cantarle por última vez, ya sin voz y sin fuerzas...

Es tan estrecha la cama
Donde Jesucristo duerme
Que por no caber en ella,
Un pié sobre el otro tiene.

En la calle la Amargura
Hallé a una mujer de luto;
Le pregunté <<¿quién s'ha muerto?
Y me dijo: "el que hizo el mundo>>.

Pero la saeta, por ser un canto religioso popular, que rebosa en todas sus letras una inmensa ternura, al cantar los misterios de la Pasión de Cristo no podía cantar a éste, sin cantar también a la Madre, que le sigue con el corazón partido por las calles de Jerusalén, estando presente en todas las escenas del dramático Vía Crucis. Y si son muchas las saetas que le cantan al Hijo, más son las que le cantan a la Celestial Señora, como queriendo ampararla en sus angustias y desconsuelos, tratando siempre de consolarla con piropos y palabras llenas de cariño, que denotan un amor profundísimo:

De las flores más bonitas
Voy a jacé una corona,
Pa ponérsela a María
Hermosísima Paloma.

De las alas de un mosquito
Hizo la Virgen su manto,
Y le salió tan bonito
Que lo estrenó el Viernes Santo,
En el Entierro de Cristo.
Bendita seas María,
Porque tú bendita eres,
En el Cielo y en la Tierra,
Y entre todas las mujeres.
Eres de la mar estrella,
Del Cielo divina Escala,
Emperatriz de los cielos
De los hombres Abodaga.
La Virgen de las Angustias
Se acerca entre mil luceros;
Viene derramando gracias
Bajo el azul de los cielos.

Estas y miles de coplas más, se convierten en saetas, en boca del pueblo andaluz, para rezar cantando a la Madre de las Angustias, de la Soledad, de los Dolores, de la Amargura y del Desamparo, cuando transita bajo sus pasos de palio,  reflejando en su divina cara todo el dolor y todo el sufrimiento del mundo, tras las huellas del Nazareno o junto al árbol de la Cruz.

El especial y delicado marianismo de nuestro pueblo, amor, suspiro y oración, se enreda cada Semana Santa, hecho girones de saeta flamenca, en las coronas de nuestras Vírgenes y en las candelerías de los suntuosos pasos que las transportan. Es el más vivo y apasionado reflejo de un pueblo, sencillo y alegre como el nuestro, que canta mejor que habla, y que para identificarse con la pasión inventó el grito desgarrado de la saeta, como plegaria y como piropo.

Que si al Hijo que muere en la Cruz, Andalucía le canta con fe y con esperanza de Resurrección, a la Madre que no le abandona y va tras El, afligida y llorosa, dolorida y angustiada, le canta con caridad, con el amor más grande, con la devoción más honda, poniendo su corazón y su alma a flor de labios, en cada saeta y en cada mirada, para que la Virgen nunca se sienta sola, en esta tierra que es su tierra, la Tierra de María Santísima.

Como bien dijo el poeta jerezano Julián Pemartín,

<< Se ha detenido el altar,
y de un corazón contrito,
brota a los aires un grito,
que se va haciendo cantar...>>.

Así nace la saeta. Así es la saeta.