Triana: Bosquejo Histórico de una Personalidad

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TRIANA: BOSQUEJO HISTÓRICO DE UNA PERSONALIDAD

Antonio R. Romero Abao

El nacimiento y posterior desarrollo de Triana, están vinculados a su ubicación a orillas del río Guadalquivir. Por ello, es poco probable que existiera un arrabal en época romana, pese a toda la tradición que pueda mantenerse al respecto, por estar el cauce del río más hacia el este, a la altura aproximada de la actual calle Sierpes, y por ser la zona, un pantanal inundable donde la vida se hacía bastante inviable.

El desplazamiento del cauce fluvial y del puerto de la ciudad hasta la actual dársena, y la ubicación del puente de barcas que comunicaba la ciudad con la rica comarca del Aljarafe, darán sentido al crecimiento del arrabal con sus características históricas: lugar de paso, de inmigración, de actividades industriales excluidas del casco urbano y, posteriormente, cuando el río tome el protagonismo mercantil conocido, de actividades marineras donde, curiosamente, no hay mar.

El primero de los fenómenos parece situarse en época tardoromana o posiblemente ya visigoda, el segundo, si bien pudiera ser anterior, de manera fija se sitúa en época califal, si bien "la puente", como siempre fue llamada en la documentación histórica, cambiará de ubicación a lo largo de los siglos, sin alejarse mucho de su lugar preferido, el que definitivamente será escogido para situar el actual Puente de Triana. Junto a él, se levantará otro de los hitos del barrio, la impresionante fortaleza del Castillo de San Jorge, inicialmente guarda de la vital entrada a la ciudad, posteriormente escenario y símbolo del poder inquisitorial.

Por todo ello, el origen de la Triana que conocemos habría que situarlo en época musulmana, sin perjuicio de que en época anterior existieran algunas explotaciones agrarias, pocas, dada la naturaleza del terreno, y más probablemente, talleres alfareros que aprovecharan la magnífica materia prima del barro de la vega.

Cuando Fernando III conquista la ciudad en 1248, el arrabal ya se ha conformado en su urbanismo actual como un rectángulo que sigue el cauce del río y que queda enmarcado hacia el oeste por las cavas, únicas defensas de un caserío pobre y abierto a todo peligro por estar extramuros, también a las temibles riadas. Asimismo parece conformado el componente humano esencial que caracterizará siempre el barrio: gentes muy humildes, vinculadas a actividades artesanales, siempre de manera especial a la alfarería, arrieros, venteros y de manera creciente, a todo lo que el mundo de la navegación pudiera generar.

Será el hijo del conquistador, Alfonso X, el que, en cumplimiento de un voto, dote al arrabal de su símbolo más querido e integrador; la Iglesia Parroquial de Santa Ana, espléndido edificio que tendría que contrastar sobremanera con un caserío presumiblemente tan humilde. La construcción de la iglesia es posiblemente, el factor determinante en la consolidación de una identidad trianera, pues permitió a los habitantes del barrio mantener una vida religiosa, con todo lo que ello conllevaba en esos momentos históricos, independiente de la de la ciudad, con liturgia, fiestas y devociones singulares, fundaciones de capellanías y enterramientos, desarrollo de hermandades y cofradías propias. Al mismo tiempo, ya desde el inicio, el propio templo, magnificente en una ciudad donde apenas se habían levantado iglesias de nueva fábrica, al aprovecharse las antiguas mezquitas, se alza como un foco de atracción para el resto de los sevillanos. Triana se convierte en punto de peregrinación para pedir los favores de la Santa y de camino, para disfrutar de un ambiente más abierto y diáfano, fuera de las murallas físicas y sociológicas que abrazaban la ciudad. Incluso, al menos desde 1424, el propio Ayuntamiento, se traslada al arrabal para celebrar las fiestas de la Santa y en los primeros años del XVI, es la propia Virgen de los Reyes, la que es llevada a Triana para "visitar a su madre".

Durante el siglo XV, no hay que esperar al Descubrimiento, el puerto de Sevilla se convierte en la principal salida de la producción agraria castellana y en el punto de conexión esencial con las rutas mediterráneas, controladas por los poderosos genoveses presentes en la ciudad, y con las portuguesas del Atlántico.

El Descubrimiento no hace sino multiplicar esta actividad portuaria y con ello la dedicación a la marinería de los habitantes del arrabal. No sólo hablamos de gentes que se embarcan en las múltiples aventuras descubridoras, gentes que van y vuelven allende los mares, también de toda una legión de artesanos dedicados a la preparación y reparación de embarcaciones, y lo que quizás sea más importante para la evolución cultural, de una población flotante, procedente de toda Castilla, que espera la oportunidad de embarcarse para América durante meses, incluso durante años y que vienen a marcar aún más el carácter abierto e integrador del barrio.

El emporio sevillano se hace notar a ambos lados del río, la población crece y con ella el caserío se aprieta, especialmente en la zona sur del arrabal, pues la norte, a partir del eje de la actual calle San Jacinto, siempre mantuvo espacios abiertos dedicados a la actividad artesanal. Las primeras casas de vecinos hacen su aparición, las calles se llenan de tabernas y tugurios, la Triana del XVI es más que nunca un barrio portuario. Al mismo tiempo se establecen nuevas industrias en las márgenes del río, contaminantes y peligrosas como las jabonerías o las fábricas de explosivos. También se fundan instituciones conventuales y a Santa Ana, le surge una hija espiritual: del Hospital de Santa Brígida nace otro referente del barrio, la Iglesia, entonces filial, de Santa María de la O. Esta Triana feliz, alegre, aventurera, siempre abierta a escuchar maravillosas historias de los viajeros, heterodoxa e inquieta, tiene sin embargo que acoger, y al parecer lo hace con gusto, al Santo Oficio, instalado en el Castillo de San Jorge, vivo contraste del Antiguo Régimen.

El traslado de la Carrera de Indias a Cádiz priva a la ciudad de su principal fuente de ingresos económicos. No afecta en demasía a las labores de los artesanos navales, pero sí a la vida del arrabal que se encierra en sí mismo, surge la Triana pueblerina, arracimada en torno a sus iglesias a las que se une ya a finales del siglo XVIII una nueva mole impresionante, el convento de San Jacinto.

El siglo XIX, nos trae el débil desarrollo industrial, especialmente significativo en un barrio que seguía estando extramuros, que contaba con tradición artesanal sobrada y con espacios abiertos. Pero sobre todo, significa el inicio de un proceso contrario al anterior, la construcción del Puente de Triana, permite acceder con facilidad al centro de la ciudad, los trianeros se suman a la mano de obra que el desarrollo burgués necesita, y el barrio se convierte en una zona de aluvión de inmigrantes protagonistas del éxodo agrario, que lo llenan y superpueblan en los miserables corrales que contrastan con las cuidadas viviendas que la pequeña burguesía local sitúa en la gran vía de la época, la calle de San Jacinto. Al arrabal le surgen suburbios como el Barrio Voluntad en torno a las grandes fábricas ceramistas. Es la Triana proletaria, la llamada "Triana la Roja", que se resiste estérilmente junto a otras zonas de la ciudad, hermanas en el infortunio y en la miseria, en los sucesos del 18 de julio de 1936.

El resto del siglo XX, nos es conocido ampliamente. Lo que fue factor de su nacimiento y de su personalidad, su emplazamiento, lo suficientemente cercano a la ciudad como para poder compartir con ella sus avatares, y lo suficientemente separado como para poder escapar de sus inconvenientes, se convierten en el factor de su ruina. La especulación destruye inmisericordemente el barrio, se derriban corrales y casas de vecinos y con ellos toda una forma de vida, y se sustituyen por nuevas viviendas destinadas a clases medias.

Pero peor que la destrucción física del barrio, es el tremendo éxodo poblacional, verdadero exilio no cuantificado en sus dimensiones, primero a los tristemente afamados refugios, trocitos de Triana en lugares distantes, y posteriormente a las nuevas barriadas. Sólo unos pocos, muy afortunados, hemos podido permanecer o volver a nuestro barrio, tarea cada vez más imposible dada el precio actual de la vivienda en la zona.

De la nueva población, muchos se hicieron trianeros, tal es el misterioso magnetismo de esta tierra, otros ni lo han intentado. De los que se fueron, la mayoría lo siguen siendo y lo han transmitido a sus hijos. Es la Triana de los autobuses llenos el Viernes Santo, la Triana del tren catalán a las cinco de la tarde en la estación de Córdoba, la Triana de Francfort, es la Triana universal, muchos de cuyos hijos nunca han pisado el Altozano, ni se han ido cantando detrás de unas flores de papel hasta Castilleja, ni pueden imaginar qué es una cucaña, ni se han acostado una noche de tinieblas mientras el mudo doblaba las campanas de Santa Ana, pero es tan Triana, quizás más, a veces en sus sueños, que la de aquí.