Triana

Triana

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El "gran río" llamaron los moros al Guadalquivir, ese río del que se ha dicho que "está hecho expresamente para Sevilla", cuyas aguas bajaban deseosas de llegar abandonando márgenes de campiñas y horizontes de olivares, o subían de acuerdo con las mareas impregnadas de claridades marinas, para encontrarse entre dos orillas sin saber para donde mirar. En la margen izquierda Sevilla, con las naves del Barranco, el Muelle, el Arenal, la Maestranza, la Torre del Oro, cúpulas, espadañas y palmeras; al fondo, rematando ese paisaje sublime, la Catedral y ese punto culminante de referencia que es la Giralda. En la margen derecha Triana, destacando sobre la filigrana de su caserío, sobre su silueta, esos cuatro pilares que dice la soleá ... San Jacinto, Los Remedios, La O y Señá Sant'Ana.

Hoy las aguas de ese río no corren entre esas dos márgenes, hoy sus aguas están remansadas, convertidas en espejo que centellea reflejos infinitos, cegadas de tanta belleza, hoy son Sevilla y Triana las que se miran y se confunden en ese espejo. Uniendo ambas orillas un puente histórico, puente que hicieron los sevillanos para unirse con Triana, como dice Felipe Cortines en sus versos:

Puente que nombran de Isabel Segunda,
gesto imperial de la Sevilla grande,
que la unión con el barrio de Triana
sobre el Guadalquivir consolidaste.

Y cuando se habla de Triana, se habla de la Triana marinera, de San Jacinto hacia Pureza y Betis; de la Triana alfarera, de San Jacinto hacia Castilla y Alfarería; y de esa otra Triana artista, de la Cava que corre a un lado y otra de San Jacinto.

Triana de la Cava, donde los niños de pequeños jugaban con los toritos de barro hechos en el Corral Montaño, y ya mayorcitos jugaban con una capa o una muleta en las manos en la que embebían las embestidas del amigo que hacía de toro portando una cornamenta. Otros se remansaban en los quicios de alguna que otra taberna para escuchar los quejíos de una soleá en la garganta del que agotaba un vaso de vino del Aljarafe. También había quienes prestaban atención al soniquete del martillo sobre el yunque que salía de alguna fragua y a cuyo compás se lanzaban al aire los lamentos de un martinete. Del mismo modo, en ocasiones, el apunte a media voz de un cante de alguien que pasaba cerca de una ventana, servía de alivio o provocaba una sonrisa en aquellos que estaban sumidos en un mar de necesidades.

¡ Cuantos niños trianeros han soñado con ser protagonista de ese momento efímero que constituye salir de la Maestranza a hombros para cruzar el Puente de Triana y llegar al Altozano en olor de multitudes ! ... ¡ Cuantos han soñado con ser figura del cante y pasear su nombre en un cartel por todo el mundo ! ... ¡ Cuan pocos han sido los elegidos, pero cuantos lo han soñado !

Era una Triana de profunda fe mariana; de alfareros que pisaban el barro para prepararlo y darle forma de macetas o de tejas; de ceramistas capaces de expresar su arte en forma de volutas, espirales y grecas de envidiables calidades; de pescadores que buscaban su sustento en el río o de pilotos y marineros que emprendían rutas hacia las Américas; de fraguas en las que a través del martinete se expresaba un dolor profundo; era una Triana en la que todo aquel que soñaba con comerse el mundo añadía a su nombre propio "de Triana", para llevar su cuna por bandera. Para Triana no tenía secretos el arte, que se manifestaba en la cal o en la cerámica de sus paredes, en las macetas y en sus flores, en sus cancelas, en una media verónica que recortaba los aires, en el compás de cualquiera de sus cantes o en sus manifestaciones religiosas y profanas.

En Triana había patios recoletos, sombreados y llenos de flores que recogían fragancias de jazmines y de rosas; o azoteas pequeñas y llenas de luz desde las que, bajo la transparencia de los cielos y sobre el abigarrado caserío, uno podía recrearse con el fondo de la Sevilla antigua.

Desde otra perspectiva, Triana vivía pendiente del río, pues a veces a sus aguas le daban por subir y ello provocaba temores; en esos momentos los vecinos de las plantas bajas se aprestaban a subir sus enseres y colchones a las plantas altas donde sus vecinos les acogían. Eran, eso sí, días de convivencia, de voces de lancheros por las calles, de escaleras sobres los balcones, y de regocijo para los niños, que esos días no iban al colegio. Todo ello era como el tributo que el Guadalquivir se cobraba a cambio del disfrute que los trianeros hacían de él durante el verano bañándose en sus aguas o celebrando la Velá de Sant'Ana.

Alguien llegó a decir que los hombres y la vida de la margen derecha del Guadalquivir eran diferentes a los de la margen izquierda, que Triana era una cosa y Sevilla otra.

Aquella Triana, que duró hasta finales de los cincuenta del siglo pasado, era también laboriosa e industrial y constituía el centro comercial de pueblos próximos como Pañoleta, Camas, Castilleja, San Juan, Gelves, Coria o La Puebla.

Las raíces de aquella Triana arrancaban del siglo XV, pero ocurre que con el tiempo los límites de Triana, salvo por el río, se han ido difuminando, ampliando y anulando. Ocurre que en lo que era realmente el núcleo de Triana han quedado pocos trianeros de raigambre. Hoy queda una Triana relativamente distinta que trata de recoger y mantener lo mejor del pasado y actualizarlo conforme a las condiciones del presente, pensando en un futuro en el que se mantenga la personalidad de ese barrio único en el mundo.