Triana en el Arte

TRIANA EN EL ARTE

Ángel Vela

Definir a Triana como tierra de arte y artistas es ya harto complicado refiriéndonos a una sola parcela de -digamos- sus "habilidades especiales"; queda dicho con esta frase preambular lo difícil que resulta resumir lo que esta bendita tierra supone en los vastos y hermosos campos de la creación. Cabría preguntarse como yo en mi primera juventud, perplejo y a las puertas de su magia: ¿Cómo es posible tanto suceso histórico, tanta relevancia humana, tanto ingenio en unas cuantas calles...? He ahí el gran misterio.

A lo largo de muchos años y en muchos, también, medios distintos, he escrito sobre esas habilidades y esos personajes vecinales tan especiales; los libros de historia, la literatura y la poesía, las artes plásticas (incluimos aquí las cofradieras), están plagados de nombres trianeros. Y es que el toreo, el cine, la danza, el cante y la canción, la cerámica y artesanías varias, tienen en este lado del Guadalquivir referencias imprescindibles, emporio y vetas aúreas inagotables. Que nadie crea que exageramos, que nos mueve una ciega pasión por la tierra propia donde crecimos y vivimos; ni un ápice nos pasamos de la realidad. Fíjense: Hace aproximadamente veinte años y abrumado por la carga de datos y noticias que iba descubriendo, leyendo, investigando en todo y en todos, especialmente en los más viejos del barrio (son cientos las entrevistas, la mayoría publicadas, a vecinos veteranos de la vida y del saber, muchos de ellos ya desaparecidos), pues saturados de noticias mis cuadernos y mi memoria, me puse a elaborar un diccionario con el objeto, claro está, de poner en orden ese alud de conocimientos. Pretendía con el mismo esfuerzo, ya cercana la década de los noventa, demostrar a los organizadores de la Expo que se nos echaba encima que Triana era un valor explotable de primer orden. Desgraciadamente sólo interesó el recinto aislado de La Cartuja.

Y fueron apareciendo las primeras páginas del diccionario formando un suelto, un cuadernillo coleccionable que se incluía en nuestra querida "Revista Triana". Pero ocurría que no dejaban de aparecer nuevos nombres, acontecimientos y detalles en tal medida que, al fin (creo recordar que llegué a la letra efe), era superado en esa carrera imparable, haciéndose imprescindibles contínuos apéndices. Tuve que suspender la publicación seguro de que para llevarla a cabo haría falta todo un equipo de personas sólo para entrevistar a personajes, ya que de éstos, y por muy famosos que fueran, nos interesaba su vinculación con el barrio, su familia, su casa, colegio, etcétera. O sea, que no valían las entrevistas artísticas o profesionales ya publicadas.

¿En qué arte a destacado más el barrio de Triana? Imposible señalarlo. Y ahora preguntamos nosotros en una simple cábala: ¿Es famosa Triana en el flamenco? ¿Es alguien en el mundillo de la copla y el cine folklórico andaluz? ¿Acaso no es marca de origen en la fabricación de cerámica desde hace muchos siglos? Si tiene, lector, alguna duda respecto a que no hay en el mundo un barrio más taurino puedo remitirle a uno de mis trabajos titulado "Cien toreros de Triana", charla ilustrada en la que figuran ciento doce nombres taurinos biografiados, desde el más antiguo del que tenemos noticias (siglo XVIII) a los que soñaban con el triunfo en el fatídico año 1936. Desde entonces a la fecha la nómina se incrementó extraordinariamente, de modo que ¿cuántos toreros surgieron de la atmósfera del Altozano?, sin duda una infinidad. Y no hace falta recordar que muchos de ellos fueron básicos en el desarrollo de la lidia moderna, caso de Montes, Belmonte, Gitanillo, Cagancho y tantos más.

No puede olvidarse lo que un día escribió el Nobel José Saramago después de recorrer la biblioteca de una universidad alemana y sorprendido ante ciertos documentos cartográficos del siglo XVI. En ellos aparecían los nombres de Sevilla y Triana con idénticos caracteres, mismo tipo de letra, y ya sabemos lo que ello significa, deduciendo el escritor que acaso entonces Triana, más que un arrabal, era rival de Sevilla, una ciudad frente a otra ciudad. El "Aparato" -nombre resumido- de Justino Matute (1818) nos ofrece una clara idea de lo que dedujo el admirado y admirable Saramago.

He leído innumerables libros sobre el flamenco y raro es el investigador que no tiene a Triana como el germen principal del arte más andaluz, la meca, el manantial de donde había que beber, desde aquel viajero apodado "El Solitario", curioso de lo extraordinario, que fue invitado a una fiesta gitana en la calle Castilla a principios del XIX (primer capítulo de la historia del arte flamenco), a Antonio Mairena, pasando por Manuel Torre y Tomás Pavón. Además, en ningún sitio se da la dicotomía creadora como aquí, los estilos distintos y contrapuestos. Aquí el flamenco es gitano y no gitano, recio o dulce en sus formas autóctonas con una sucesión de intérpretes, profesionales o no, que figuran en los anales. Mención especial para las soleares alfareras del Zurraque que nada tienen que ver con los fundamentales y rancios cantes de fragua de la Cava de los Gitanos. Así es Triana, alfarera y marinera (el arte de la pesca y la navegación), gitana y paya, cantaora y cupletista, ingeniosa, creadora siempre. Y hablando de copla: hubo un tiempo en que el cine folklórico andaluz era cine folklórico trianero, pues en la década de los cincuenta mandaban en el género Paquita Rico y Marujita Díaz, con docenas y docenas de películas cada una, muchas de ellas de enorme éxito (y antes fueron Antoñita Colomé y Gracia de Triana, y después Mikaela y Soledad Miranda, y después Marifé e Isabel Pantoja, y después... Con esto basta, aunque cabe añadir que existieron otras intérpretes, no cinematográficas, como Imperio de Triana y Carmen Florido (sólo ejemplos), que aportaron al género su extraordinaria calidad artística.

Respecto de la cerámica, arte y no artesanía, pues basta contemplar un retablo callejero de Orce, Kiernam, Morilla, Chaves y muchos más, podríamos llenar muchas páginas. Pintores humildes y grandiosos que trabajaban en los talleres de las muchas fábricas del arrabal y que se encargaron de embellecer las esquinas, patios y paramentos sagrados de Sevilla, Andalucía y lejanos lugares.

Y como siempre que he escrito he ejercido el derecho al pateleo, pongo como punto y final mi continuo estado de mosqueo, porque pasan los años y Triana no refleja en su piel más que la evidencia del negocio inmobiliario; sólo los constructores saben lo que vale este lugar que disfrutó de su propia Semana Santa, que disfruta de su propio Corpus y de la iglesia y fiesta más antiguas de la ciudad. ¿Se darán cuenta los políticos algún día...?

Triana deja su sello en todo, especialmente en el Arte.