Triana como norma

Triana como norma

Antonio García Barbeito

Hasta Joselito, el toreo estaba más cerca de Itálica que de la Maestranza: se trataba de enfrentarse a una fiera... y salir vivo. Joselito era un gladiador, sí, pero un gladiador distinto. Tenía la fuerza, la agilidad, la edad, la valentía de un gladiador, pero aportó más cosas: su inteligencia. Basó su toreo en la fuerza de su inteligencia. Conocía bien los terrenos, dominaba, era largo, suficiente, se sabía dueño de unas facultades físicas y talentosas que acabaron haciendo de él un dios temprano. Si antes del todo en el toreo era, como decimos, más Itálica que Maestranza, con él se mezclaron circo romano y ruedo, hasta que fue dejándolo sólo en ruedo... de poder.

Los sitios de José ante el toro no los dominaba nadie. ¿Quién se atrevería a entrar en los terrenos de José? Nadie. De modo que para la creación por la que acabaría rigiéndose el cosmos taurino, hizo falta que viniera un "hijo de un dios menor", un muchacho sin tipo, endeble, plano de pies y de malas hechuras. Esto, y naturalmente, la inteligencia, el dominio de la voluntad, la seguridad de que acabaría abriendo nuevos caminos -los caminos definitivos- en el toreo.

Como hasta entonces el toreo se sostenía sobre las dos piernas de José, Juan Belmonte entendió que la única forma posible de revolución era traérselo a las manos. Pero para esto hacían falta muchas cornadas y mucha inteligencia. Mucho valor. Otra variante del dominio. Cuando la fiera estuviera hecha al nuevo camino, todo era cosa de decirle al arte -que iba por dentro- que se pusiera a dibujar, ya con el paisaje libre de dificultades. A las manos se lo trajo y en las manos sigue. Es, pues, el de Juan Belmonte, el cambio más importante en la tauromaquia.

Si es verdad que se torea como se es, Triana no puede torear como todo el mundo, porque Triana, para mal y para bien, es distinta; Triana, para bien y para mal, es Triana. Y eso se nota en el toreo y hasta en la forma de dormir.

Pero esto no es nuevo, porque hay manifestaciones artísticas que lo demuestran y que son más antiguas que el toreo. Por citar algunas, el barro, el hierro y el cante. Si Triana es muy suya cuando modela, cuando pinta y cuando cuece el barro; si es muy suya cuando doma el hierro de la fragua; si es muy suya cuando 'dice' la soleá, no podía ser menos cuando torea.

Se habla del toreo abelmontado. Y es cierto. Pero a lo mejor lo que creemos nacido en Belmonte es nacido en Triana, y en ese caso Belmonte no sería la razón que bautiza el estilo, sería Triana. Es verdad que Juan no nació en el barrio, pero fue el barrio quien lo 'hizo', y necesariamente tuvo que ser el barrio, sus condiciones de vida, las que lo marcaron, las que 'trianizaron' su estilo. Belmonte sale al ruedo llevando en él el toreo que ya traía en el alma y en la cabeza, pero también el que le había impuesto una forma de vida en Triana. Y, como comprenderán, esto no le resta a Belmonte ni un gramo de su peso en la historia del toreo; más bien al contrario.

Los trianeros sabrán, podrán dar fe de esa condición de haber nacido en Triana. Pero la condición la da algo más que el haber nacido: es el haber vivido en Triana. Triana, como todos los sitios, te marcan poco a poco, día a día. Triana, en la concepción artística en general, te 'educa', y lo hace a su forma. Triana, por ser lo que es, que, queramos o no es 'algo' que está al otro lado del Río, tiene un concepto distinto de la vida, como quizá también lo tenga de la muerte, aunque al trianero le interese menos profundizar en esto último. Y en ese concepto distinto de la vida enmarca su toreo. Triana, que por razón lógica de asentamiento tiene su tinte de sevillanía, mira más su lado de 'solitaria', de 'aislada', de no ser del todo ni ciudad ni Aljarafe. Y en esa 'isla', ella, en vez de agobiarse en busca de una identidad prestada, inventa la propia. Y la consigue. Triana se bautiza sola y sola se apellida.

Eso al menos creen en el barrio. Y no deben de andar descaminados, por lo que vemos. Valga el ejemplo de Juan Belmonte.